Esteban Larios

tai xuong 66

—…Esteban Larios.

La voz de la mujer se cortó de golpe.

Nadie se movió.

El presidente del consejo.

El hombre que acababa de llamar para despedir a Marcelo.

Don Tomás fue el primero en reaccionar. Se agachó para recoger el teléfono, pero Renata se adelantó.

—No lo toques.

Su padre se detuvo.

Ella levantó el celular con las manos temblorosas y volvió a reproducir el audio.

—Cuando Renata muera, el seguro será nuestro. Pero primero tienes que lograr que firme el testamento y deje todas las acciones a Esteban Larios.

Marcelo bajó la mirada.

Los policías cruzaron el patio mientras uno de los trabajadores explicaba lo ocurrido. Cuando intentaron esposarlo, él no opuso resistencia.

Solo miró a Renata.

—No entiendes nada —murmuró—. Tu padre tampoco es quien dice ser.

—Cállate —ordenó Tomás.

Marcelo sonrió por primera vez desde que habían aparecido las patrullas.

No fue una sonrisa de arrogancia.

Fue una sonrisa de alguien que todavía guardaba una última carta.

—Pregúntale por qué Esteban conoce todos los secretos de esta familia.

Renata quiso responder, pero un dolor agudo le atravesó el pecho.

El teléfono cayó de sus manos.

Jacinta corrió hacia ella.

—¡Mija!

Renata intentó respirar. El aire entraba a pequeños golpes, como si alguien hubiera cerrado una puerta dentro de su cuerpo.

Escuchó a su madre gritar.

Vio a su padre sostenerla antes de que tocara el suelo.

Después, todo se volvió oscuro.

Despertó en una habitación blanca.

El sonido regular de un monitor fue lo primero que reconoció. Luego sintió la mano de Jacinta aferrada a la suya.

Su madre dormía sentada junto a la cama. Tenía el delantal floreado doblado sobre las piernas y los zapatos cubiertos todavía con el lodo del rancho.

Renata la observó durante varios minutos.

Recordó aquellos brazos que había rechazado.

La comida que había despreciado.

La vergüenza que había sentido al ver la casa donde había pasado los días más felices de su infancia.

—Mamá —susurró.

Jacinta abrió los ojos.

—Bendito sea Dios.

Se inclinó para abrazarla, pero se detuvo a mitad del movimiento, como si temiera que su hija volviera a apartarla.

Renata levantó los brazos.

—Abrázame.

Jacinta la rodeó con cuidado.

Renata apoyó el rostro en su hombro y comenzó a llorar.

—Perdóname.

—No digas nada, mija.

—Me avergoncé de ustedes.

—Estabas confundida.

—No. Fui cruel.

Jacinta acarició su cabello.

—Las palabras lastiman, pero una madre siempre guarda un lugar para el regreso de sus hijos.

Renata lloró con más fuerza.

—Casi me mata.

—Pero estás viva.

—Yo dormía junto a él. Confiaba en él.

—La culpa no es de quien confía. Es de quien convierte el amor en una trampa.

La puerta se abrió.

Don Tomás entró acompañado de una doctora. El médico explicó que la sustancia había comenzado a alterar el ritmo del corazón, pero el daño podía ser controlado porque habían actuado a tiempo.

Renata tendría que permanecer bajo observación.

Cuando la doctora salió, Tomás se quedó junto a la ventana.

Por primera vez, Renata vio cansancio en su rostro.

—¿Desde cuándo sabías lo de Marcelo? —preguntó.

—Hace dos meses descubrí el fraude de las tierras.

—No te pregunté por el rancho.

Tomás guardó silencio.

—¿Desde cuándo sabías que me estaba haciendo daño?

—Recibí una llamada anónima hace cuatro días. La persona dijo que revisáramos tus cápsulas.

—¿Quién llamó?

—No lo sabemos.

—¿Y por eso nos invitaste?

—Necesitaba tenerte cerca. Si te advertía por teléfono, Marcelo podía sospechar y huir contigo.

Renata apretó las sábanas.

—Pudiste decírmelo en cuanto llegué.

—Quería obtener una confesión sobre el fraude.

—¿Me usaste como parte de una trampa?

—Quería protegerte.

—Entonces debiste pensar primero en mí y después en tu empresa.

Tomás recibió aquellas palabras sin defenderse.

—Tienes razón.

Renata esperaba una explicación, quizá una orden, porque así recordaba a su padre: firme, orgulloso, incapaz de admitir un error.

Pero Tomás bajó la cabeza.

—Estuve tan concentrado en desenmascararlo que no vi cuánto peligro corrías. Nunca voy a perdonármelo.

Jacinta lo tomó del brazo.

—Los dos cometimos errores.

Renata miró a su padre.

—Marcelo dijo que no eres quien dices ser.

Tomás levantó la vista.

—Un hombre desesperado dice cualquier cosa.

—También dijo que Esteban conoce los secretos de esta familia.

—Trabajamos juntos durante muchos años.

—¿Por qué el presidente de tu consejo aparece como heredero en un testamento que yo nunca firmé?

—Eso es lo que vamos a averiguar.

Antes de que Renata pudiera insistir, alguien golpeó la puerta.

Era Camila.

Su mejor amiga.

Su dama de honor.

La mujer cuya firma aparecía en la póliza.

Llevaba el cabello desordenado y el rostro pálido. En una mano sostenía un bolso; en la otra, un sobre amarillo.

Tomás se interpuso.

—No tienes nada que hacer aquí.

—Necesito hablar con Renata.

—La policía también quiere hablar contigo.

Camila tragó saliva.

—Por eso vine.

Renata sintió que la tristeza se convertía en rabia.

—Déjala pasar.

—Hija…

—Quiero escucharla.

Camila entró lentamente.

No intentó abrazarla.

—Sé cómo se ve todo —dijo.

—Se ve como si hubieras ayudado a mi esposo a matarme.

—Yo no sabía lo de las cápsulas.

—Pero firmaste la póliza.

—Marcelo dijo que era un seguro solicitado por la empresa para proteger a los familiares de sus directivos.

—La asegurada era yo y el beneficiario era él.

—La hoja estaba incompleta cuando la firmé.

Renata soltó una risa amarga.

—Siempre fuiste la más inteligente de las dos. No me digas que firmaste sin leer.

Camila bajó la mirada.

—Me pagaron.

El silencio cayó sobre la habitación.

—¿Cuánto valía mi vida para ti?

—No sabía que querían matarte.

—¿Cuánto?

—Doscientos mil pesos.

Jacinta se llevó una mano al pecho.

Renata sintió que las lágrimas regresaban, pero se negó a dejarlas caer.

—¿También te pagó para acostarte con él?

Camila cerró los ojos.

Aquella reacción fue una respuesta.

—Ocurrió una vez —susurró.

—Los mensajes duraron meses.

—Después de esa noche, Marcelo comenzó a amenazarme. Había grabado todo. Dijo que te enviaría el video y que también arruinaría mi carrera.

—Así que decidiste seguir ayudándolo.

—Intenté salir.

—Pudiste hablar conmigo.

—Tenía miedo.

—Yo tomaba veneno cada noche mientras tú tenías miedo de perder tu reputación.

Camila comenzó a llorar.

—Fui yo quien hizo la llamada anónima.

Tomás dio un paso hacia ella.

—¿Tú advertiste sobre las cápsulas?

—Descubrí el laboratorio al que Marcelo enviaba los paquetes. Lo seguí. Cuando comprendí lo que estaba haciendo, llamé al rancho.

Renata la miró con incredulidad.

—¿Por qué al rancho?

Camila apretó el sobre amarillo.

—Porque Esteban me dijo que don Tomás estaría esperando.

Tomás se puso rígido.

—Yo nunca hablé contigo.

—No dije que usted lo hiciera.

Camila dejó el sobre sobre la cama.

—Esteban sabía que Marcelo intentaría comprar las tierras. Sabía lo del seguro. Sabía incluso qué noche cambiaron las vitaminas.

Renata miró a su padre.

—Dijiste que recibiste una llamada anónima.

—Y así fue.

—Pero Esteban sabía que estabas esperando una advertencia.

Tomás tomó el sobre, pero Camila lo sujetó.

—Es para ella.

—Puede contener cualquier cosa.

—Por eso hice tres copias.

Uno de los monitores aceleró su sonido.

Jacinta pidió calma.

Renata abrió el sobre.

Dentro había fotografías de Marcelo entrando a un edificio con Esteban Larios. También aparecían copias de transferencias, contratos y mensajes impresos.

En uno de ellos, Esteban escribió:

“Cuando Tomás reaccione, creerá que está protegiendo a su hija. No entenderá que él mismo nos abrirá la puerta.”

—¿Qué puerta? —preguntó Renata.

Camila negó con la cabeza.

—No lo sé.

Tomás tomó las fotografías.

—Pueden estar alteradas.

—Los archivos originales están en una memoria —respondió Camila—. La escondí en una caja de seguridad en Morelia.

—Entrégasela a la fiscalía.

—Solo Renata puede abrirla.

Camila sacó una llave pequeña y la colocó junto a la almohada.

Tomás la observó con desconfianza.

—¿Por qué ella?

—Porque la caja está registrada a su nombre.

—Yo nunca abrí una caja de seguridad —dijo Renata.

—Alguien la abrió usando tus documentos.

Dos agentes esperaban en el pasillo. Camila salió con ellos después de prometer que daría su declaración completa.

Antes de cruzar la puerta, volteó hacia Renata.

—No espero que me perdones. Solo quiero que vivas lo suficiente para descubrir por qué todos te han mentido.

Tres días después, Renata salió del hospital.

No regresó al departamento de Polanco.

Volvió al rancho.

Esta vez bajó del vehículo sin mirar el lodo. Se quitó los zapatos y caminó descalza hasta la mesa del patio.

Jacinta había preparado corundas.

Renata comió dos.

Después ayudó a lavar los platos.

Aquella noche durmió en su antigua habitación. En la pared todavía había una marca de lápiz con su estatura a los doce años y una frase escrita por Tomás:

“Mi niña llegará tan alto como quiera.”

Renata pasó los dedos sobre las palabras.

Durante años había creído que para llegar alto necesitaba alejarse de todo aquello.

Ahora entendía que había confundido la sencillez con la pobreza y el lujo con la dignidad.

A la mañana siguiente, llamó a un abogado.

Presentó la solicitud de divorcio, denunció la falsificación de sus documentos y aceptó colaborar en la investigación contra Marcelo.

También pidió revisar las cuentas de todas las empresas de su padre.

Tomás no se opuso.

—Tienes derecho a saberlo todo —dijo.

—Eso espero.

La auditoría reveló que Esteban había transferido millones a compañías inexistentes. Sin embargo, cada operación llevaba una autorización digital atribuida a Tomás.

Él aseguró que su firma electrónica había sido robada.

Renata quiso creerle.

Pero ya no estaba dispuesta a aceptar ninguna verdad sin pruebas.

Una semana después viajó a Morelia para abrir la caja de seguridad.

La acompañó una abogada independiente. Don Tomás insistió en ir, pero Renata se negó.

—Necesito hacer esto sola.

Dentro de la caja no había dinero.

Había una memoria USB, un cuaderno de piel y una fotografía tomada hacía treinta años.

En la imagen aparecían Tomás, Jacinta y Esteban frente a la primera empacadora. Los tres eran jóvenes.

Jacinta sostenía a una recién nacida.

En la parte posterior alguien había escrito:

“Renata, el día en que comenzó nuestra deuda.”

Debajo de la fotografía había un acta de nacimiento.

Renata la abrió.

El nombre de su madre era Jacinta Vargas.

Pero en el espacio destinado al padre no aparecía Tomás Zamora.

Aparecía Esteban Larios.

Renata sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

En ese momento sonó su teléfono.

Era Camila.

—No le digas a nadie lo que encontraste —dijo con la voz entrecortada—. Marcelo acaba de ofrecer declarar, pero exige hablar contigo.

—¿Por qué?

—Dice que Esteban no intentaba quedarse con las acciones.

Renata miró nuevamente el acta.

—Entonces, ¿qué quería?

Camila guardó silencio unos segundos.

—Recuperar lo que asegura que Tomás le robó la noche en que tú naciste.

La llamada se cortó.

Renata escuchó un ruido detrás de ella.

La puerta de la sala de seguridad se cerró lentamente.

Don Tomás estaba del otro lado.

Ya no llevaba la ropa sencilla del rancho. Vestía un traje oscuro y sostenía la carpeta azul contra el pecho.

Miró el acta en las manos de Renata.

—Hija —dijo con una tristeza que ella nunca le había escuchado—, antes de que decidas quién soy, tienes que saber por qué tu madre y yo juramos que Esteban jamás volvería a acercarse a ti.

Renata retrocedió.

—¿Él es mi padre?

Tomás no respondió.

Colocó la carpeta sobre la mesa y la abrió.

Dentro había una segunda acta de nacimiento.

Y en ella, el nombre de la recién nacida no era Renata Zamora.

Era Camila Larios.

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