la familia Valdivia.

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—…la familia Valdivia.

Aurelia miró la medalla como si nunca la hubiera visto.

Era redonda, de plata ennegrecida, con un caballo levantado sobre las patas traseras y una letra V rodeada de espigas.

—Me la dio una partera cuando nació Mateo —dijo—. Aseguró que pertenecía a su padre.

Leandro se sentó lentamente frente a la cama.

—¿Cómo se llamaba esa mujer?

—Jacinta Ríos.

El vaquero cerró los ojos.

—Jacinta trabajó durante cuarenta años para los Valdivia. Ella atendió el nacimiento de todos los hijos de la familia.

Aurelia apretó al bebé contra su pecho.

Mateo dormía después de beber leche tibia. Tenía las mejillas aún pálidas, pero respiraba con tranquilidad.

—Tomás es su padre —insistió—. Él estuvo conmigo desde antes de que naciera.

—No le pregunté quién lo reconoció. Le pregunté quién es su padre.

Aurelia bajó la mirada.

Durante varios segundos, solo se escuchó la lluvia golpeando el techo del pequeño rancho.

—Gabriel —susurró al fin—. Se llamaba Gabriel Valdivia.

Leandro se levantó de golpe.

La silla cayó detrás de él.

—Gabriel era mi hermano.

Aurelia sintió que la habitación se hacía más pequeña.

—Me dijeron que no tenía familia.

—La tenía. Tenía una madre que murió esperándolo y un hermano que lo buscó por toda la sierra.

Leandro tomó la medalla con manos temblorosas.

—Gabriel desapareció hace casi dos años. Su caballo regresó solo, con sangre en la montura. Todos dijeron que había caído por una barranca.

Aurelia negó lentamente.

—Yo también lo creí muerto.

Conoció a Gabriel cuando él llegó a Santa Rosalía buscando agua para su ganado. Durante semanas visitó la parcela de Aurelia. Le hablaba de sembrar nogales, levantar una casa y formar una familia lejos de los pleitos de los Valdivia.

Pero una mañana desapareció.

Tres días después, Tomás Barragán llegó con una camisa ensangrentada.

Le dijo que Gabriel había muerto en una pelea de cantina y que, antes de exhalar el último aliento, le había pedido que cuidara de ella.

Aurelia acababa de descubrir que estaba embarazada.

Estaba sola.

Asustada.

Y creyó en la única persona que parecía dispuesta a ayudarla.

—Tomás sabía que Mateo no era suyo —dijo.

—Entonces, ¿por qué se casó contigo?

—Decía que ningún niño debía crecer sin padre.

Leandro soltó una risa amarga.

—Tomás Barragán nunca hizo nada sin esperar una recompensa.

Aurelia recordó las escrituras robadas, el comprador misterioso y la frase que Tomás había dicho antes de abandonarlos:

“Mientras tú y el niño sigan vivos, no puedo venderlo”.

—Mi terreno —murmuró—. Todo comenzó cuando aparecieron unos hombres preguntando por la parcela.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro meses. Tomás no quiso decirme quiénes eran.

Leandro acercó la lámpara a la medalla.

—La familia Valdivia compró grandes extensiones cerca del río Conchos. Gabriel descubrió que debajo de algunas parcelas existía una corriente subterránea. Quería adquirirlas para crear un sistema de riego que beneficiara a varios pueblos.

—Mi padre siempre decía que nuestra tierra no era seca. Decía que el agua estaba dormida.

El vaquero levantó la vista.

—Tu parcela es la última pieza.

Aurelia sintió un escalofrío.

—¿Última pieza de qué?

—De un proyecto que vale una fortuna. Quien controle tu terreno controla el paso del agua hacia miles de hectáreas.

Mateo comenzó a inquietarse.

Leandro volvió a mirar la medalla y notó una línea alrededor del borde. La presionó con la uña.

La pieza se abrió.

Dentro había un papel diminuto, doblado varias veces.

Aurelia contuvo el aliento.

Leandro lo desplegó con cuidado.

La tinta estaba corrida, pero todavía podían leerse tres palabras:

“Gabriel sigue vivo”.

Debajo aparecía una fecha.

Era de dos semanas antes.

—¿Quién puso eso ahí? —preguntó Aurelia.

Leandro tomó su sombrero.

—La única persona que pudo acercarse al niño sin que Tomás sospechara.

—La partera.

—Tenemos que encontrar a Jacinta.

Aurelia intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron.

—Usted no va a ninguna parte —dijo Leandro—. Estuvo a punto de morir.

—Tomás tiene las escrituras. Si cree que seguimos vivos, regresará.

—Primero tendrá que encontrarlos.

Leandro los llevó a la casa de su hermana, Dolores, una viuda que vivía cerca del pueblo. Allí, Aurelia y Mateo permanecieron ocultos mientras él buscaba a Jacinta.

Regresó al amanecer con el rostro endurecido.

—Su casa está vacía.

—¿Se fue?

—No por voluntad propia.

En el suelo había encontrado una jeringa, un zapato roto y la marca de una carreta que había salido rumbo al norte.

Aurelia sintió miedo, pero también una fuerza nueva.

Durante meses había soportado los golpes de Tomás porque creía que no tenía a nadie. Ahora sabía que Gabriel podía estar vivo y que su hijo era la razón por la que tantos hombres estaban dispuestos a matar.

—Tenemos que ir a mi parcela.

—Es lo primero que vigilarán.

—Mi padre construyó un sótano debajo del granero. Nadie lo conocía, ni siquiera Tomás. Si Gabriel investigó esas tierras, quizá dejó algo allí.

Dolores cuidó a Mateo mientras Aurelia y Leandro regresaban a Santa Rosalía.

La tormenta había convertido el camino en lodo. Llegaron al anochecer y dejaron los caballos entre los mezquites.

Desde la colina vieron luces en la parcela.

Había tres camionetas, varios hombres y una máquina perforadora.

Tomás estaba junto al granero, hablando con un hombre alto vestido de negro.

—Ese es Octavio Valdivia —susurró Leandro—. Mi tío.

—¿El hermano de Gabriel?

—El hermano de mi padre. Lleva años intentando quedarse con todo.

Se acercaron por la parte trasera.

Aurelia encontró la piedra marcada que ocultaba la entrada del sótano. Descendieron por una escalera estrecha y encendieron una lámpara.

El lugar olía a humedad y madera vieja.

Había herramientas, sacos vacíos y una mesa cubierta de polvo.

Sobre ella descansaba una caja con el nombre de Aurelia.

Dentro encontró cartas de su padre, mapas de la corriente subterránea y una fotografía de Gabriel parado junto al granero.

En el reverso había una nota:

“Si algo me sucede, busca debajo de la cuna de Mateo”.

Aurelia sintió que el corazón se le aceleraba.

—La cuna está en la casa.

Subieron cuando las luces del patio se apagaron.

Entraron por una ventana. Todo estaba revuelto. Tomás había sacado la ropa, roto los muebles y vaciado los cajones.

La cuna seguía en la habitación.

Leandro la levantó.

Debajo había una tabla floja.

Aurelia encontró un cuaderno de piel y una pequeña grabadora.

Presionó el botón.

La voz de Gabriel llenó la habitación.

“Aurelia, perdóname por no haber regresado. Tomás me entregó a Octavio. Me tienen encerrado en una mina cerca de Coyame porque descubrí que desviaban agua y obligaban a los campesinos a vender sus tierras.

Tomás no solo trabaja para ellos. Es hijo de Octavio.

Se casó contigo para controlar la parcela y vigilar a Mateo.

Si nuestro hijo nació, él es el heredero legítimo de mi parte de la hacienda Valdivia.

No confíes en la policía de Santa Rosalía.

Busca a mi hermano Leandro”.

El vaquero se llevó una mano al rostro.

Aurelia sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

Gabriel estaba vivo.

Había pensado en ella.

Había sabido de Mateo.

Pero la grabación continuó.

“Hay algo más. El agua no es lo único que Octavio busca debajo de tu terreno. Tu padre escondió allí los libros de cuentas que prueban que los Valdivia compraron jueces, despojaron familias y provocaron la muerte de quienes se negaron a vender.

Entre esas personas estaba tu madre.

Ella no murió de una enfermedad, Aurelia.

La envenenaron lentamente”.

Un ruido en el pasillo hizo que Leandro apagara la grabadora.

La puerta se abrió.

Tomás entró con una pistola.

—Sabía que regresarías.

Aurelia se colocó delante del cuaderno.

—¿Dónde está Gabriel?

Tomás cerró la puerta.

—Donde debió morir hace mucho.

Leandro avanzó, pero Tomás levantó el arma.

—Un paso más y ella no sale de aquí.

—Ya intentaste matarla una vez —dijo Leandro—. No tendrás otra oportunidad.

—Yo no quería abandonarla.

Aurelia lo miró con incredulidad.

—Me dejaste con un bebé en el desierto.

—Octavio iba a matarlos frente a mí. Les di una oportunidad.

—¿Una oportunidad? No teníamos agua.

—Sabía que Leandro cruzaba ese camino los jueves.

El vaquero frunció el ceño.

—Hoy no es jueves.

Tomás palideció.

Por primera vez comprendió que Aurelia había sobrevivido por casualidad, no gracias a él.

—Yo solo obedecía órdenes —murmuró.

—También me golpeabas por órdenes —respondió ella—. Apostabas por órdenes. Me robaste por órdenes.

Tomás bajó el arma unos centímetros.

—Octavio es mi padre. Toda mi vida me hizo sentir que debía demostrarle que era digno de su apellido.

—Y para demostrarlo quisiste matar a un niño.

—Mateo iba a quitarme lo que me corresponde.

Leandro se lanzó sobre él.

La pistola cayó.

Ambos chocaron contra la pared, derribando una lámpara. Aurelia tomó el cuaderno y corrió hacia el patio.

Octavio la esperaba.

Detrás de él había cuatro hombres.

—Entrégame las pruebas —ordenó.

—Primero dime dónde está Gabriel.

—Tu novio fue demasiado terco para morir cuando debía.

—Entonces sigue vivo.

Octavio sonrió.

—Por ahora.

Le arrebató el cuaderno y comenzó a arrancar las páginas.

Aurelia miró hacia el granero.

La máquina perforadora estaba colocada justo sobre el antiguo sótano.

Entonces recordó las palabras de su padre:

“El agua está dormida”.

Corrió hacia la palanca que controlaba la perforadora.

Uno de los hombres intentó detenerla, pero Leandro apareció y lo derribó de un empujón.

Aurelia accionó la máquina.

La broca descendió.

El suelo comenzó a vibrar.

—¡Apágala! —gritó Octavio.

La tierra se agrietó alrededor del granero.

Primero surgió un hilo de agua.

Después, una columna oscura reventó desde el suelo con tanta fuerza que derribó las tablas y arrastró cajas enterradas durante años.

Decenas de libros de cuentas, sobres sellados y fotografías quedaron dispersos por el patio.

Los trabajadores de Octavio se detuvieron.

Ya no podían ocultarlo todo.

Desde el camino llegaron varias carretas y agentes montados.

Dolores iba al frente, acompañada por un comandante de otra región.

—Encontré la grabación que Leandro dejó en mi casa —explicó—. La llevé directamente a la fiscalía de Chihuahua.

Octavio intentó huir.

Tomás salió de la casa y lo sujetó del brazo.

—Se acabó, padre.

Octavio lo golpeó.

—Tú nunca fuiste mi hijo. Solo fuiste el perro que mandaba a ensuciarse las manos.

Tomás se quedó inmóvil.

Los agentes arrestaron a Octavio y a sus hombres.

También esposaron a Tomás.

Antes de subirlo a la carreta, él miró a Aurelia.

—Yo puedo llevarlos hasta Gabriel.

Leandro se acercó.

—Habla.

—Está en la mina de La Esperanza, pasando Coyame. Pero si Octavio no manda una señal antes del amanecer, sus hombres inundarán los túneles.

Aurelia pensó en Mateo.

Pensó en Gabriel encerrado, creyendo que su hijo quizá nunca conocería su nombre.

—Vamos ahora.

El comandante negó con la cabeza.

—La tormenta destruyó el puente. Llegar por tierra tomará más de un día.

Tomás señaló hacia el horizonte.

—Hay otro camino. Cruza el desierto.

—¿Cuánto tiempo?

—Seis horas a caballo.

Leandro pidió dos monturas.

Aurelia quiso acompañarlo, pero él la detuvo.

—Mateo la necesita.

—Gabriel también.

—Yo traeré a mi hermano.

Antes de partir, Tomás pidió hablar con ella.

Tenía las manos esposadas y el rostro cubierto de polvo.

—Hay algo que nunca te dije.

—Ya no quiero escuchar tus mentiras.

—La noche en que Gabriel desapareció, yo no lo entregué por dinero.

Aurelia se detuvo.

—Octavio me mostró una carta escrita por tu padre. Decía que Gabriel planeaba llevarse a Mateo en cuanto naciera y dejarte sin nada.

—Mateo aún no había nacido.

—Yo creí que quería usar al niño para reclamar la herencia. Pensé que te estaba protegiendo.

—Después descubriste la verdad.

Tomás asintió.

—Y para entonces ya había hecho cosas que no podía deshacer.

Leandro montó su caballo.

—Es hora.

Tomás subió a otro animal, todavía esposado.

Antes de alejarse, volvió a mirar a Aurelia.

—Si llegamos tarde, busca en la pared norte de la mina. Gabriel escondió allí un registro con todos los nombres.

—¿Qué nombres?

Tomás tragó saliva.

—Los de los niños que Octavio separó de sus familias para quedarse con sus tierras.

Aurelia abrazó a Mateo.

—¿Cuántos?

—Más de veinte.

Los jinetes partieron hacia el desierto.

Pasaron nueve horas.

Luego doce.

Al amanecer, Aurelia seguía esperando junto al camino.

Finalmente apareció un caballo.

Era el de Leandro.

Venía solo.

Tenía las riendas rotas y una mancha oscura sobre la silla.

En una de las alforjas, Aurelia encontró el sombrero de Tomás, la medalla de Gabriel y una nota escrita con prisa:

“Encontramos la mina vacía. Gabriel escapó hace tres días.

Pero no está huyendo de Octavio.

Viene por Mateo”.

Aurelia levantó la vista.

A lo lejos, entre la bruma del amanecer, un hombre caminaba hacia la casa con un bebé envuelto en una manta.

Mateo comenzó a llorar.

El desconocido se detuvo.

Y desde la distancia gritó el nombre que solo Gabriel y Aurelia habían elegido para el hijo que soñaban tener:

—¡Mateo Gabriel Valdivia!

Aurelia dio un paso hacia él.

Entonces la manta se movió.

El hombre no llevaba un solo bebé.

Llevaba dos.

Y alrededor del cuello del segundo niño brillaba una medalla idéntica a la de Mateo.

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