—Salga —ordenó el padre de Renata, sin mirarme a los ojos—. Usted ya escuchó demasiado.
No me moví. Hasta ese momento, toda mi vida había consistido en obedecer puertas:..
Mi madre estaba de pie al fondo del pasillo, apoyada en un bastón de madera que no recordaba. Durante años la imaginé enorme, invencible, con esa voz capaz de convertir una mentira en ley familiar. Pero ahora la mujer que me miraba desde la sombra parecía más pequeña que sus culpas.
—No me digas “mi niña” —respondí, sintiendo cómo el sobre de cuero pesaba más..
Le respondí con una sola palabra: “Dónde”.
No quería verme desesperada, pero mis manos me traicionaban. El celular se me resbalaba..
Lucía no dejó su mochila en el suelo.
La apretó contra el pecho como si hubiera entrado a una casa ajena. Yo..
Salí corriendo a la calle sin siquiera ponerme el rebozo.
El coche oscuro ya iba doblando hacia la avenida, dejando detrás ese humo agrio..
Me encerré en el estudio con el seguro puesto, pero sabía que esa puerta vieja no aguantaría mucho. Matías pateaba la madera como si del otro lado no estuviera su esposa embarazada, sino una enemiga a la que debía aplastar. Yo respiraba en silencio, con una mano en el vientre y la otra apretando el celular tan fuerte que me dolían los dedos.
El bebé volvió a moverse. No fue una patada suave. Fue un golpe seco,..
Me quedé paralizada con la maleta a medio cerrar hasta que escuché a Julián desde abajo.
—Elena, no subas más. Ven conmigo. No gritó. Eso me asustó más. Su voz..
La pantalla mostraba una fotografía mía en el Hospital Gea González, sentada en una banca metálica, con la mirada perdida y el cabello pegado a la cara por el sudor. Debajo, un mensaje de su abogado decía: “Con esto comprobamos riesgo emocional. Procede el traslado de los menores hoy”.
Sentí que el piso de la casa se hundía. Javier sonrió como si acabara..
Caminé hasta la esquina de Insurgentes con las piernas temblando, pero no de miedo, sino de coraje. Los camiones pasaban aventando aire caliente, los vendedores de tamales gritaban junto a la entrada del Metrobús y la ciudad seguía como si a mí no me hubieran acabado de arrancar el piso. Abrí otra vez la aplicación de ventas y ahí estaba el aviso en rojo: cuenta suspendida por investigación.
Me senté en una jardinera, apreté el celular contra el pecho y respiré hondo...
Camila sostuvo la notificación como si fuera una tela contaminada.
—¿Cuánto debes, mamá? No pude responderle. Me dolía más su cara que la cifra...
