
Y cuando por fin reconocí su rostro, sentí que el mundo se detenía.
Era el director general.
El mismo hombre que, unas horas antes, había felicitado a Claudia frente a toda la empresa.
Pero había algo más.
En la fotografía, él no estaba recibiendo la carpeta. Se la estaba devolviendo.
Amplié la imagen hasta que los píxeles comenzaron a deformarse. Sobre la mesa había varios documentos. Uno de ellos llevaba mi nombre.
Debajo, podía distinguirse una frase escrita a mano:
«Si Elena habla, estamos acabados.»
Sentí un escalofrío.
El correo desconocido recibió una respuesta automática casi de inmediato.
—¿Quién eres? —escribí.
Pasaron unos segundos.
Después apareció una nueva línea:
«Alguien que estuvo en esa reunión.»
—¿Por qué me ayudas?
La respuesta tardó más.
«Porque mañana Claudia piensa presentar una segunda acusación contra ti. Y esta vez no será por información confidencial.»
Tragué saliva.
«¿Entonces por qué?»
La pantalla mostró los tres puntos de escritura.
Luego desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Y finalmente llegó el mensaje:
«Porque van a decir que falsificaste el proyecto.»
Me quedé inmóvil.
Abrí nuevamente la fotografía.
Ahora veía algo que antes había pasado por alto.
En una esquina de la carpeta que Claudia entregaba al director había una etiqueta roja.
AUDITORÍA INTERNA — CASO 47.
Mi respiración se aceleró.
Yo jamás había visto ese expediente.
Entonces llegó otro archivo adjunto.
Lo descargué.
Era un documento de seis páginas.
La primera tenía un encabezado que me hizo sentir un vacío en el estómago:
INFORME PRELIMINAR SOBRE IRREGULARIDADES EN EL PROYECTO DE REESTRUCTURACIÓN LOGÍSTICA.
Empecé a leer.
A mitad de la segunda página apareció mi nombre.
Pero no como responsable.
Según el informe, yo había sido señalada como la persona que supuestamente había alterado cifras para beneficiar a un proveedor externo.
—No… —susurré.
Pasé a la siguiente página.
Había capturas de pantalla de correos.
Correos que yo nunca había enviado.
Correos aparentemente escritos desde mi cuenta corporativa.
Alguien había fabricado pruebas.
Entonces comprendí por qué Claudia estaba tan tranquila.
No solo quería quedarse con mi trabajo.
Quería convertir el proyecto en una bomba y hacer que yo apareciera como la responsable cuando explotara.
Pero todavía faltaba algo.
Regresé al correo desconocido.
—Necesito saber quién eres.
Esta vez la respuesta llegó inmediatamente.
«Mira la última página del informe.»
Lo hice.
Había una firma digital.
Y debajo aparecía el nombre de la persona que había elaborado el documento.
Claudia Ramírez.
Pero había una segunda firma.
La del director general.
Sentí que las manos comenzaban a temblarme.
Los dos estaban involucrados.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté sin hablar.
Una voz de mujer susurró:
—Elena, escucha con atención. No borres nada. No respondas a Recursos Humanos. Y, sobre todo, no vayas sola mañana.
Reconocí aquella voz.
Era imposible.
La había escuchado cientos de veces en la oficina.
Era la voz de la asistente personal del director general.
—¿Por qué me estás ayudando? —pregunté.
Hubo un largo silencio.
—Porque yo fui quien creó la copia de seguridad de los servidores hace tres semanas.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Y qué encontraste?
—La versión original de tu proyecto.
Me levanté de la silla.
—¿La tienes?
—Sí.
—¿Y qué dice?
La mujer respiró profundamente.
—Dice que el proyecto no estaba destinado a conseguir una licitación.
Hizo una pausa.
—Estaba diseñado para descubrir por qué la empresa estaba perdiendo millones de pesos.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Perdiendo dinero cómo?
Su respuesta me dejó completamente paralizada.
—A través de una red de proveedores falsos.
Miré nuevamente la pantalla.
De pronto, todos los detalles encajaron.
Las modificaciones que Claudia me exigía.
Los números que desaparecían.
Las reuniones a puerta cerrada.
Sus llamadas después del horario laboral.
Y aquella frase que había escuchado esa tarde:
«Mañana cerramos ese asunto y nos olvidamos del problema.»
—Elena —susurró la mujer—, tu proyecto encontró algo que ellos llevan años ocultando.
—¿Cuánto dinero?
No respondió.
Solo dijo:
—Más de lo que puedes imaginar.
En ese instante escuché un ruido en el pasillo de mi edificio.
Pasos.
Lentos.
Se detuvieron justo frente a mi puerta.
La mujer al teléfono guardó silencio.
Yo también.
Entonces alguien tocó.
Tres golpes.
Toc, toc, toc.
Y una voz masculina dijo desde el otro lado:
—Elena, somos de Recursos Humanos. Necesitamos hablar contigo sobre tu citatorio.
Miré el reloj.
Eran las 11:47 de la noche.
La mujer al teléfono susurró una última frase:
—No abras.
Y justo entonces recibí un mensaje en mi celular.
Era de Claudia.
Solo decía:
«Sé que ya encontraste la copia.»

