¿
Guardé el sobre dentro de mi bolso y eché a andar en dirección contraria. No corrí. Algo dentro de mí me decía que correr sería admitir que estaba asustada.
Pero lo estaba.
Muchísimo.
Doblé tres calles sin atreverme a mirar hacia atrás. Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Julián.
No vayas a tu casa. Tampoco llames a la policía. Confía en mí.
Iba a responderle cuando apareció otro mensaje.
Esta vez, de un número desconocido.
Ya te vimos.
Me quedé inmóvil.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Levanté la mirada.
Al otro lado de la calle había una mujer sentada dentro de un automóvil gris. No hacía nada. No hablaba por teléfono. Simplemente me observaba.
Bajé la cabeza y seguí caminando.
El teléfono volvió a vibrar.
No abras el sobre.
Me detuve.
El remitente era Julián.
Entonces llegó otro.
Y, sobre todo, no confíes en mí.
Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
Miré nuevamente hacia el automóvil.
La mujer ya no estaba.
Por primera vez comprendí que quizá Julián no había huido para salvarme.
Quizá había huido para asegurarse de que yo quedara exactamente donde necesitaban que estuviera.
Llegué a una pequeña cafetería que todavía estaba abierta y me senté en una mesa del fondo. Pedí un café que no pensaba beber.
Saqué el sobre.
No tenía nombre.
Solo había una palabra escrita a mano:
ELENA.
Fruncí el ceño.
Ese era mi nombre.
Miré alrededor.
Nadie parecía prestarme atención.
Abrí el sobre.
Dentro había tres fotografías.
En la primera aparecía Julián entrando a un edificio.
En la segunda, yo.
Era una fotografía tomada tres días antes.
Yo saliendo de mi oficina.
Y en la tercera…
se me congeló la sangre.
Era una fotografía de mi padre.
Pero mi padre llevaba doce años muerto.
Debajo de la imagen había una fecha.
17 de septiembre de 2014.
Y una dirección.
La dirección de mi antiguo departamento.
El que mi familia había vendido después de su muerte.
Volteé la fotografía.
Había una frase escrita con tinta azul:
“Tu padre no murió aquella noche.”
Dejé caer la fotografía sobre la mesa.
Entonces entendí por qué aquel mensaje había llegado a mi teléfono por error.
No buscaban a Julián.
No buscaban a su esposa.
Me estaban buscando a mí.
Y Julián había sido solamente la puerta que utilizaron para encontrarme.

