La pregunta que me hizo mi abuela ocurrió tres noches antes de que la llevaran al hospital.
Yo estaba sentada junto a su cama porque mi mamá ya no quería dejarla sola durante la noche. Desde hacía semanas, mi abuela apenas dormía. Decía que alguien entraba a su cuarto cuando apagaban la luz, que escuchaba pasos y que, algunas veces, sentía una mano fría apoyarse sobre sus piernas.
Los médicos habían dicho que necesitaba descansar.
Nosotras también queríamos creer eso.
Pero aquella noche ocurrió algo distinto.
Mi abuela estaba despierta, mirando hacia la ventana.
—Abre las cortinas —me pidió.
—¿Para qué, abuela? Está oscuro.
—Ábrelas.
Lo hice.
Afuera no había nada. Solo el patio, los árboles moviéndose con el viento y la luz amarillenta de un poste que apenas alcanzaba a iluminar la pared.
Mi abuela permaneció unos segundos en silencio.
Después me tomó de la muñeca.
Tenía los dedos helados.
—¿Tú sabes qué hicieron?
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué cosa?
Me miró directamente.
—Lo que hicieron tú y tu hermana.
No pude responder.
Durante unos segundos pensé que quizá había escuchado nuestras conversaciones. Tal vez mi mamá le había contado algo. Quizá nos había encontrado aquella tarde con la ouija y simplemente lo había olvidado.
Pero mi abuela negó lentamente con la cabeza.
—No me digas que no sabes.
Yo bajé la mirada.
—Abuela…
Ella apretó mi mano.
—¿Todavía tienen esa cosa?
Sentí un nudo en la garganta.
La ouija seguía guardada en una caja vieja, debajo de unas cobijas, en el clóset de mi hermana.
Nunca la habíamos tirado.
No sé por qué.
Quizá por miedo.
Quizá porque, en el fondo, ninguna de las dos quería aceptar que todavía pensábamos en aquella tarde.
—Sí —contesté finalmente.
Mi abuela cerró los ojos.
Y entonces dijo algo que todavía me despierta algunas noches.
—Entonces ya entendí por qué vino.
No pregunté quién.
No quería escuchar la respuesta.
Pero mi abuela sí continuó.
—No vino por mí.
Me quedé inmóvil.
—¿Entonces por quién?
Abrió los ojos.
—Por ustedes.
Esa misma noche le conté todo a mi hermana.
No podía seguir guardándolo.
Ella se puso pálida cuando le expliqué que la abuela sabía de la ouija.
—Tenemos que deshacernos de ella —dijo.
—Eso debimos hacerlo desde el principio.
Fuimos al clóset.
Sacamos la caja.
Durante un momento ninguna quiso abrirla.
Cuando finalmente levantamos la tapa, encontramos la tabla exactamente como la habíamos dejado.
Pero había algo que no recordábamos.
En una esquina estaba escrito nuestro apellido.
Con tinta negra.
Mi hermana juró que no había sido ella.
Yo tampoco lo había hecho.
Nos quedamos mirándolo sin hablar.
Luego vimos el vasito.
Estaba boca abajo.
Mi hermana lo levantó.
Debajo había una palabra escrita.
“REGRESA”.
No sabíamos qué significaba.
Tampoco quisimos averiguarlo.
Metimos todo en una bolsa, salimos al patio y la enterramos al fondo, debajo de un árbol viejo que mi abuelo había plantado muchos años antes.
Cuando regresamos a la casa, mi abuela estaba dormida.
Por primera vez en semanas, parecía tranquila.
Pensamos que todo había terminado.
Nos equivocamos.
A las tres de la madrugada escuchamos un golpe.
Después otro.
Y otro.
Tres golpes en la puerta de la habitación de mi abuela.
Toc.
Toc.
Toc.
Mi hermana y yo nos miramos.
Ninguna quería levantarse.
Entonces escuchamos a mi abuela gritar.
Corrimos.
La encontramos sentada sobre la cama, con los ojos abiertos y una expresión de terror que nunca había visto en su rostro.
—¡No lo dejen entrar! —gritó.
Mi mamá encendió la luz.
—¿Quién?
Mi abuela señaló hacia la puerta.
—Él.
Todos miramos.
No había nadie.
Mi mamá cerró la puerta y se sentó junto a ella.
—Fue un sueño, mamá.
Mi abuela comenzó a llorar.
—No fue un sueño.
Luego me miró.
—Tú sabes.
Yo sentí que las piernas me temblaban.
—Abuela…
—Tú sabes quién es.
No sabía qué responder.
Entonces mi abuela dijo algo que cambió completamente la historia.
—Tu abuelo también lo escuchaba.
Mi mamá se quedó en silencio.
Yo había conocido a mi abuelo. Había muerto cuando yo era pequeña, y apenas conservaba algunos recuerdos de él.
—¿Qué escuchaba? —pregunté.
Mi abuela respiró profundamente.
—Pasos.
Mi hermana se acercó.
—¿También se sentaba en tu cama?
Mi abuela negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces?
—Se sentaba en la silla.
Todos miramos hacia una vieja silla de madera que estaba en la esquina del cuarto.
Mi abuela había dejado de usarla desde hacía meses.
Yo sentí un escalofrío.
—¿Y qué hacía tu abuelo cuando pasaba?
Mi abuela tardó en responder.
—Hablaba con él.
Mi mamá se levantó de golpe.
—Mamá, ya basta.
Pero mi abuela no estaba inventando nada.
Se le veía en los ojos.
—Tu abuelo decía que no era un extraño —continuó—. Decía que lo conocía.
—¿Quién era? —pregunté.
Mi abuela miró hacia la silla.
—Nunca quiso decirme su nombre.
Aquella noche nadie durmió.
Al amanecer, mi mamá llevó a mi abuela al hospital.
Nos dijeron que estaba muy débil y que necesitaba quedarse bajo observación.
Mientras esperábamos en la sala, mi hermana y yo recibimos una llamada.
Era una vecina.
Nos preguntó si habíamos enterrado algo en el patio.
Mi hermana y yo nos miramos.
—¿Por qué?
La mujer dijo que había visto una bolsa negra junto al árbol.
—La desenterraron.
Sentí que se me congelaba la sangre.
Regresamos a la casa.
La tierra estaba removida.
La bolsa estaba encima del suelo.
Abierta.
La ouija seguía dentro.
Pero el vasito había desaparecido.
No sabíamos qué hacer.
Mi hermana quería quemar la tabla.
Yo quería tirarla lejos.
Al final decidimos llevarla a una caja metálica y dejarla cerrada.
No volvimos a tocarla.
Esa tarde, en el hospital, mi abuela despertó.
Me pidió que me acercara.
—Escúchame bien —susurró.
—Sí.
—No vuelvas a jugar con cosas que no entiendes.
Asentí.
—Te lo prometo.
Ella me miró durante un largo momento.
—No.
Su voz cambió.
—Prométeme que nunca vas a abrir esa puerta otra vez.
—Te lo prometo.
Mi abuela sonrió débilmente.
—Entonces todavía hay tiempo.
Murió esa madrugada.
No hubo nada extraño en el hospital.
No escuchamos pasos.
Nadie vio sombras.
Nadie se sentó junto a su cama.
Por unos días pensé que quizá todo había terminado con ella.
Hasta que volvimos a la casa para recoger sus cosas.
Mi hermana entró primero al cuarto.
Yo estaba en el pasillo cuando escuché que me llamó.
—Ven.
Entré.
Había una fotografía sobre la cama.
Era una foto antigua de mis abuelos.
Nunca la había visto.
En ella estaban sentados frente a la casa, muchos años antes de que yo naciera.
Mi hermana señaló la esquina de la fotografía.
Había alguien más.
Una figura borrosa estaba parada detrás de mi abuelo.
No se distinguía su rostro.
Solo su silueta.
Le pregunté a mi mamá quién era.
Ella observó la fotografía durante varios segundos.
Después negó con la cabeza.
—No conozco a esa persona.
Mi hermana tomó la foto.
—Mamá, ¿segura?
Mi mamá palideció.
—¿Por qué?
Mi hermana señaló la figura.
—Porque está parada exactamente detrás de la silla de tu mamá.
Mi mamá dejó caer la fotografía.
Nos quedamos en silencio.
Entonces escuchamos un ruido proveniente del patio.
Una especie de golpe seco.
Salimos.
La caja metálica que habíamos dejado enterrada junto al árbol estaba abierta.
La tabla estaba encima de la tierra.
Y junto a ella estaba el vasito.
Mi hermana empezó a llorar.
Yo no podía moverme.
Entonces escuchamos tres golpes detrás de nosotros.
Toc.
Toc.
Toc.
Nos volteamos.
La puerta de la casa estaba abierta.
Ninguna de las dos la había dejado así.
Mi mamá tomó las llaves y nos dijo que subiéramos al coche.
Pero antes de irnos, algo me hizo mirar hacia la casa.
En el segundo piso, detrás de la ventana del cuarto de mi abuela, vi una silueta.
Estaba quieta.
Mirándonos.
Mi hermana también la vio.
No dijimos nada.
Nos fuimos.
Durante meses no regresamos.
La casa quedó cerrada.
Yo intenté hacer mi vida normal. Entré a la universidad, salía con mis amigas y trataba de convencerme de que todo había sido una combinación de miedo, coincidencias y recuerdos familiares.
Pero algunas noches seguía despertando a la misma hora.
Las 3:13.
Siempre.
Una madrugada escuché tres golpes en la puerta de mi habitación.
Toc.
Toc.
Toc.
No abrí.
Me quedé acostada, completamente inmóvil.
Entonces escuché la voz de mi abuela.
—Ya puedes abrir.
Comencé a llorar.
Sabía que no era posible.
Mi abuela estaba muerta.
Pero la voz volvió a escucharse.
—No tengas miedo.
No abrí.
A la mañana siguiente llamé a mi hermana.
Ella contestó después de varios tonos.
—¿También lo escuchaste?
No tuve que preguntar a qué se refería.
—Sí.
Hubo silencio.
Después me dijo:
—Anoche soñé con la abuela.
—¿Qué te dijo?
Mi hermana respiró profundamente.
—Que nunca enterramos lo que había debajo de la casa.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué quieres decir?
—Me mostró el patio.
—¿Y?
—Me señaló el árbol.
Recordé la fotografía.
Recordé la silla.
Recordé las palabras de mi abuela.
Y entonces comprendí algo que no había querido aceptar.
Quizá la ouija no había creado nada.
Quizá solo nosotras habíamos encontrado una puerta que alguien más había intentado mantener cerrada.
Esa tarde fuimos a la casa.
No queríamos entrar.
Pero necesitábamos saber la verdad.
El patio estaba cubierto de hojas.
El árbol seguía ahí.
Cavamos.
Primero encontramos raíces.
Después tierra húmeda.
Y finalmente, una pequeña caja de madera.
No era nuestra.
Estaba vieja, casi podrida.
Mi hermana quiso abrirla.
Yo le detuve la mano.
—No.
—Tenemos que saber qué hay adentro.
—¿Y si esto es lo que quería que encontráramos?
Nos quedamos mirando la caja.
Entonces escuchamos una voz detrás de nosotras.
—Por eso su abuela nunca quiso que cavaran ahí.
Nos volteamos.
Era una vecina anciana que había conocido a mis abuelos.
Nos contó que, muchos años antes, mi abuelo había encontrado aquella misma caja.
Y que después de eso comenzaron los pasos.
Las noches sin dormir.
La silla moviéndose sola.
La sensación de que alguien caminaba por el pasillo.
—¿Y qué hizo mi abuelo? —pregunté.
La mujer miró la caja.
—La volvió a enterrar.
—¿Por qué?
—Porque dentro había algo que pertenecía a la familia.
Mi hermana preguntó:
—¿Qué cosa?
La anciana negó con la cabeza.
—Eso nunca me lo dijo.
Luego se marchó.
Nosotras permanecimos frente a la caja.
Yo pensé en mi abuela.
En aquella última conversación.
En su pregunta.
“¿Tú sabes qué hicieron?”
Quizá nunca se refería solamente a la ouija.
Quizá había sabido desde el principio que habíamos encontrado algo que llevaba décadas esperando.
Mi hermana extendió la mano.
—¿La abrimos?
La miré.
Después miré la casa.
La ventana del cuarto de mi abuela estaba completamente oscura.
Pero detrás del vidrio apareció lentamente una sombra.
Una mano se apoyó sobre la ventana desde adentro.
Mi hermana y yo retrocedimos.
La caja permaneció en el suelo.
Y entonces escuchamos tres golpes.
No venían de la casa.
Venían de la caja.
Toc.
Toc.
Toc.
Mi hermana comenzó a llorar.
Yo tomé su mano.
Nos fuimos sin abrirla.
Hasta el día de hoy, esa caja sigue enterrada.
Pero hace dos semanas recibí una fotografía de un número desconocido.
Era una imagen de la casa de mi abuela.
La habían tomado de noche.
En la ventana del segundo piso aparecía una silueta.
Y debajo de la fotografía había un solo mensaje:
“Todavía no han terminado.”
Desde entonces, cada madrugada, exactamente a las 3:13, alguien toca tres veces la puerta de mi habitación.
Yo nunca abro.
Pero anoche, después del tercer golpe, escuché algo diferente.
La voz de mi abuela.
Muy bajito.
Como si estuviera parada del otro lado.
—Ahora sí puedes abrir, hija.
Y por primera vez, antes de responder, escuché una segunda voz detrás de ella.
Una voz que no reconocí.
—Déjala entrar.
La puerta comenzó a abrirse sola.

