Iván Robles Medina, el hermano mayor de Camila

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Iván Robles Medina, el hermano mayor de Camila y el contador que durante siete años había manejado las finanzas de la empresa de Julián.

Camila soltó un gemido y se aferró al borde del ataúd.

—No puede ser —repitió—. Iván está en Monterrey.

Marcela levantó la mirada del informe.

—Su huella está registrada porque trabajó como guardia de seguridad antes de convertirse en contador. La coincidencia es superior al noventa y nueve por ciento.

Ofelia retrocedió hacia la puerta.

Un policía le cerró el paso.

—Nadie sale.

Camila comenzó a respirar con dificultad. Pensé que iba a desmayarse, pero de pronto se volvió hacia Ofelia.

—Usted me dijo que el cuerpo era de un desconocido.

Mi suegra apretó los labios.

—No sé de qué hablas.

—¡Me juró que Julián había comprado un cadáver sin reclamar!

Todos guardaron silencio.

Hasta los policías.

Marcela tomó mi brazo y me apartó unos pasos.

—No digas nada —susurró—. Deja que hablen.

Camila se cubrió la boca, consciente demasiado tarde de lo que acababa de confesar.

Ofelia la miró con un odio tan limpio que entendí la verdad: aquellas dos mujeres nunca habían sido aliadas. Sólo habían compartido la misma mentira porque ambas creían que recibirían una parte del premio.

—Señora Robles —dijo un agente—, necesito que nos entregue su teléfono.

—No.

—Es evidencia en una investigación por homicidio.

Camila protegió el aparato contra su pecho.

Entonces volvió a sonar.

“J. NUEVO”.

La pantalla iluminó su rostro.

Esta vez no era una llamada. Era un mensaje.

NO DEJES QUE REVISEN EL CUERPO. SAL AHORA.

El policía le quitó el teléfono.

Ofelia cerró los ojos.

Yo sentí una calma extraña. Ya no era la mujer humillada en un funeral. Ya no era la amante arrojada de su casa con quinientos pesos para el taxi.

Era la única persona en aquella sala que no había participado en el engaño.

Y Julián acababa de cometer su primer error.

Confirmar que seguía vivo.

Nos llevaron a declarar por separado. Pasé cinco horas repitiendo fechas, pagos, discusiones y recuerdos que hasta ese momento había considerado insignificantes.

La camisa azul.

El árbol de Navidad.

Las transferencias.

La llamada que recibió la hija de Camila.

El acta de matrimonio.

Las llaves de mi casa.

Cuando terminé, el cielo ya estaba oscuro.

Marcela salió del despacho contiguo con una carpeta bajo el brazo.

—Camila pidió hablar contigo.

—No tengo nada que hablar con ella.

—Dice que puede ayudarnos a encontrar a Julián.

La encontré sentada frente a una mesa metálica. Ya no parecía la mujer segura que había besado el ataúd. Tenía el maquillaje corrido y las manos sobre el vientre.

—Yo no sabía que era Iván —dijo en cuanto entré.

—Pero sabías que Julián estaba vivo.

Bajó la mirada.

—Sí.

Me senté frente a ella.

—Habla.

Camila conoció a Julián siete años atrás. Él le aseguró que estaba separado de mí y que sólo seguíamos viviendo juntos porque yo había amenazado con quitarle la empresa.

Le mostró documentos falsos.

Conversaciones editadas.

Una supuesta demanda.

Según su historia, yo era una mujer obsesiva que lo vigilaba, le robaba dinero y fingía ser su esposa ante los demás.

—¿Y le creíste?

—Quería creerle.

Aquella respuesta me dolió porque yo había hecho exactamente lo mismo durante nueve años.

Camila continuó.

Tres meses antes, Julián le dijo que unos socios peligrosos estaban exigiendo dinero. Debía desaparecer para protegerlas a ella y a la niña. El plan era fingir el accidente, realizar un funeral rápido y reunirse después en otro país.

—¿Qué papel tenía Iván?

—Él descubrió faltantes en la empresa. Millones de pesos. Julián le pidió que modificara los libros contables y preparara transferencias a cuentas extranjeras. Mi hermano se negó.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

—La noche del accidente. Salió de mi casa después de discutir con Julián por teléfono.

—¿Qué dijo?

Camila comenzó a llorar.

—Dijo que iba a demostrarme quién era realmente el hombre con el que me había casado.

Iván condujo hacia Lagos de Moreno.

La camioneta de Julián apareció incendiada en esa misma carretera unas horas después.

—Julián mató a tu hermano —dije.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Camila apretó los puños.

—Yo pensé que Iván había escapado. Ofelia aseguró que le dieron dinero para irse. Dijo que el cuerpo pertenecía a un hombre sin familia.

—Y aun así aceptaste.

—Julián me dijo que, si no colaboraba, tú nos encontrarías y harías daño a mi hija.

La observé durante varios segundos.

—Usó el mismo miedo con las dos. A mí me decía que tú querías destruirnos.

Camila levantó la cabeza.

Por primera vez no vi a una rival.

Vi a otra mujer atrapada en la misma jaula.

—¿Dónde está Julián? —pregunté.

—No lo sé. Sólo se comunica desde ese número.

—¿Cuál era el plan después del funeral?

—Debíamos viajar a Cancún y esperar instrucciones. Ofelia se quedaría con la casa y vendería la empresa. Darío llevaría el dinero.

Marcela, que escuchaba detrás de mí, colocó una hoja sobre la mesa.

—La policía consiguió una orden para revisar la casa.

Regresé acompañada por agentes.

Camila no pudo ir. Ofelia y Darío quedaron retenidos mientras verificaban sus declaraciones.

Entrar en mi casa fue peor que salir de ella.

Las fotos de Camila seguían sobre mis muebles. Mi ropa estaba amontonada dentro de bolsas negras. En la cocina había una taza con café reciente.

Alguien había estado ahí después de que todos salimos hacia la funeraria.

Uno de los agentes encontró la puerta trasera sin seguro.

Otro descubrió huellas de lodo que subían hasta la recámara.

—¿Tenía caja fuerte? —preguntó.

—No que yo supiera.

Revisaron paredes, muebles y pisos. Detrás del clóset, un policía detectó que la madera sonaba hueca.

Retiraron dos paneles.

Apareció una puerta de metal.

El código tenía cuatro dígitos.

Probé el cumpleaños de Julián.

Nada.

Nuestro aniversario.

Nada.

Entonces recordé el anillo encontrado en el cadáver.

R. y J.

Marqué la fecha de nuestra ceremonia simbólica.

La puerta se abrió.

Dentro había dinero en efectivo, tres pasaportes, un teléfono apagado y varias carpetas.

El primer pasaporte tenía la fotografía de Julián, pero otro nombre.

El segundo pertenecía a Camila.

El tercero estaba a mi nombre.

Lo abrí.

Mi fotografía aparecía junto a una fecha de nacimiento incorrecta.

—¿Por qué falsificaría un pasaporte tuyo? —preguntó Marcela.

No respondí.

Abrí la carpeta marcada con mis iniciales.

Había copias de mi credencial, mis estados de cuenta y mi firma reproducida decenas de veces. También encontré contratos de préstamos que yo nunca había solicitado.

El último documento era una póliza de seguro.

Mi vida estaba asegurada por cuatro millones de pesos.

El beneficiario era Julián Escobar.

La póliza había sido contratada dos meses antes.

Sentí frío.

—No planeaba dejarme sin casa —dije—. Planeaba matarme.

Marcela revisó las hojas.

—Y hacer parecer que huiste. Para eso era el pasaporte.

Uno de los agentes encendió el teléfono hallado en la caja fuerte.

No tenía contraseña.

Había un único video.

Julián aparecía dentro de una habitación desconocida, con una pared de ladrillo rojo a sus espaldas.

—Si estás viendo esto —decía—, significa que Renata descubrió más de lo previsto. No intenten convencerla. No negocien. Activen la segunda parte.

El video terminó.

—¿Qué es la segunda parte? —pregunté.

Nadie respondió.

En ese momento escuchamos un ruido en la planta baja.

Un golpe seco.

Después, el sonido de la puerta cerrándose.

Los agentes corrieron.

Yo fui detrás de ellos.

Al llegar a la cocina encontramos una ventana abierta y una silla caída. Sobre la mesa había una fotografía que no estaba ahí cuando entramos.

Era una imagen de mi hermana, Verónica, saliendo de su trabajo.

En la parte de atrás alguien había escrito:

LA SEGUNDA PARTE EMPIEZA CON ELLA.

Llamé a Verónica.

No contestó.

Volví a llamar.

Nada.

La policía envió una patrulla a su departamento. Otros agentes revisaron las cámaras de la calle.

Veinte minutos después confirmaron que Verónica había salido de su oficina a las seis y doce. Un hombre con gorra la esperaba junto a su automóvil.

La cámara no mostraba su rostro.

Pero yo reconocí su forma de caminar.

Era Julián.

Camila aceptó desbloquear el teléfono. Había más de cien mensajes borrados que los peritos intentaron recuperar.

Entre ellos encontraron una ubicación enviada la noche anterior al accidente: una antigua empacadora de agave en las afueras de Tepatitlán.

La propiedad había pertenecido a mi padre.

Yo la heredé, pero Julián me convenció de venderla porque supuestamente estaba llena de deudas.

La compradora había sido una empresa fantasma administrada por Darío.

—Nos está esperando —dijo Marcela.

—Tiene a mi hermana.

—Precisamente por eso no puedes ir.

Fui de todos modos.

La policía rodeó la empacadora poco antes de la medianoche. El edificio llevaba años abandonado. Las ventanas estaban cubiertas y la entrada principal tenía cadenas nuevas.

Dentro encontramos comida, ropa, combustible y equipos para fabricar documentos falsos.

También había sangre seca en el piso.

En una oficina del fondo descubrimos la camisa que Iván llevaba el día de su desaparición.

Camila la reconoció en una fotografía enviada por la policía y comenzó a gritar al otro lado del teléfono.

No encontramos a Julián.

Ni a Verónica.

Sólo una computadora encendida.

En la pantalla había una videollamada en espera.

El agente a cargo ordenó que nadie tocara nada, pero la llamada se conectó sola.

Apareció Julián.

Vivo.

Sin heridas.

Vestía una camisa blanca y sonreía como cuando llegaba tarde a casa con flores, convencido de que todo podía perdonarse.

—Hola, Renata.

Me acerqué a la pantalla.

—¿Dónde está mi hermana?

—A salvo, por ahora.

—Mataste a Iván.

Su sonrisa desapareció.

—Iván tomó decisiones equivocadas.

—Lo quemaste para fingir tu muerte.

—Yo le ofrecí una salida. Prefirió traicionarme.

—¿Y yo? ¿También tomé decisiones equivocadas?

Julián inclinó la cabeza.

—Tú nunca entendiste tu lugar. Te di una vida cómoda y quisiste revisar mis cuentas, hacer preguntas, reclamar lo que no era tuyo.

—Todo lo que tenías lo pagué yo.

—Por eso fuiste útil tanto tiempo.

Aquellas palabras destruyeron lo último que quedaba del hombre al que había amado.

Ya no sentí tristeza.

Sólo una furia fría.

—La policía tiene tus cuentas, tus pasaportes y el cuerpo de Iván.

—La policía tiene lo que yo quería que encontrara.

Detrás de él escuché un sollozo.

—¡Verónica!

Mi hermana apareció por un instante. Tenía las manos atadas, pero estaba consciente.

—Renata, no vengas —gritó—. No está solo.

La imagen se movió.

Alguien la apartó.

—Mañana, a las nueve —dijo Julián—, recibirás una dirección. Llevarás el teléfono que encontraste en la caja fuerte y todos los archivos recuperados de la computadora. Irás sola.

—No voy a ayudarte a escapar.

—No quiero escapar.

Sonrió otra vez.

—Quiero que me devuelvas lo que Iván escondió.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes. Sólo que todavía no recuerdas dónde lo pusiste.

La llamada se cortó.

Los peritos revisaron la computadora. El video había rebotado entre servidores de varios países. No podían determinar su ubicación.

Mientras buscaban pistas, me quedé mirando la pared de ladrillo que aparecía detrás de Julián.

Había algo grabado en uno de los bloques.

Dos letras.

R. y J.

No eran nuestras iniciales.

Era la marca que mi padre colocaba en todas las propiedades de la familia: Rancho Jilgueros.

El lugar donde crecí.

El lugar que permanecía cerrado desde la muerte de mi padre.

El lugar donde yo guardaba cajas que nunca había tenido valor de revisar.

A las dos de la mañana regresé a casa de mi hermana para buscar las llaves del rancho.

Encontré la puerta abierta.

Las habitaciones estaban vacías.

Sobre la cama había una caja de madera que yo reconocí de inmediato.

Había pertenecido a mi padre.

Dentro encontré una memoria USB, una llave pequeña y una carta escrita con la letra de Iván.

“Renata: si estás leyendo esto, Julián ya sabe que descubrí la verdad. No confíes en Camila. No confíes en Darío. Y, sobre todo, no confíes en la policía. El hombre que dirige la investigación trabaja para él.”

Escuché un crujido detrás de mí.

Me volví.

El agente que me había acompañado desde la funeraria estaba parado en la puerta, apuntándome con su pistola.

—Entrégueme la memoria —ordenó.

Antes de que pudiera moverme, mi teléfono vibró.

Era un mensaje del número de Julián.

No contenía palabras.

Sólo una fotografía tomada en ese mismo instante.

En ella aparecíamos el agente y yo dentro de la habitación.

Alguien nos observaba desde la ventana.

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