No abrí el ataúd.
No porque le creyera a Ernesto, sino porque el grito de Mariana me atravesó más fuerte que cualquier duda.
—¿Dónde viste a Sofía por última vez? —le pregunté.
Mi hija tenía los ojos desorbitados. Señaló las sillas del fondo, junto a una corona de flores amarillas.
—Estaba ahí, coloreando. Le dije que no se moviera. Fui por agua y cuando regresé ya no estaba.
La funeraria se llenó de murmullos. Algunos empezaron a buscar debajo de las mesas y detrás de las cortinas, como si una niña de ocho años pudiera haberse convertido en un objeto perdido. Víctor corrió hacia la entrada. Amalia, en cambio, no se movió.
Eso fue lo que me hizo mirarla.
Todos parecían confundidos menos ella.
—¿Dónde está mi nieta? —le pregunté.
—¿Y yo cómo voy a saber?
—Porque hace un minuto estabas impidiendo que abriera el ataúd y ahora ni siquiera preguntas quién se llevó a Sofía.
Amalia apretó la mandíbula.
—Estás loca por el dolor.
Me agaché para recoger mi teléfono. La llamada se había cortado, pero en la pantalla apareció un mensaje del mismo número desconocido.
“Terminal de autobuses. Casillero 36. Ve sola.”
Sentí que el piso se hundía bajo mis zapatos.
No le enseñé el mensaje a nadie.
Me acerqué a Mariana y le sostuve el rostro con las dos manos.
—Quédate aquí. No permitas que cierren el ataúd.
—¿A dónde vas?
—A encontrar a tu hija.
Víctor regresó de la calle diciendo que nadie había visto salir a Sofía. Cuando intentó detenerme, lo miré de una manera que nunca antes había usado con él.
—Si de verdad eres mi hijo, haz una sola cosa por mí: vigila a tu tía.
Amalia soltó una carcajada.
—¿Ya ven? Quiere escapar. Seguro va por el dinero.
No contesté. Salí de la funeraria y avancé hasta la avenida con el corazón golpeándome el pecho. La noche de Mérida estaba caliente, pegajosa, y las luces de los autos parecían manchas sobre mis lágrimas.
Tomé un taxi.
Durante el trayecto llamé tres veces al número de Ernesto. Nadie contestó. También marqué al 911, pero colgué antes de hablar. Ernesto había dicho que irían por Mariana. Ya habían tomado a Sofía. No sabía cuántas personas estaban metidas ni si alguien vigilaba mis movimientos.
Al llegar a la terminal, encontré el casillero 36 junto a los baños. La puerta estaba entreabierta.
Dentro había una mochila rosa.
La de Sofía.
La abrí con desesperación. Encontré sus colores, una muñeca sin zapato y su suéter doblado. Debajo había un teléfono pequeño y un sobre con mi nombre.
El teléfono empezó a sonar.
—¿Dónde está Sofía? —grité al contestar.
—Está bien —dijo Ernesto—. Por ahora.
Escuchar su voz me produjo alivio y rabia al mismo tiempo. Quise abrazarlo y golpearlo. Quise preguntarle cómo había podido dejarme llorando frente a un cadáver ajeno.
—¿Tú te la llevaste?
—No. Cuando supe lo que pensaban hacer, traté de advertirte.
—¿Quiénes?
Hubo un silencio.
—Amalia y Víctor.
Sentí que me faltaba el aire.
—No metas a nuestro hijo en esto.
—Víctor debe dinero, Bety. Mucho. Empezó apostando en partidos, luego pidió préstamos. Amalia lo convenció de que el seguro podía resolverlo todo.
—¿Y tú aceptaste fingir tu muerte?
—Al principio no era eso. Amalia me consiguió trabajo en Campeche con un contratista llamado César Uc. Me ofrecieron usar mi nombre para registrar empleados y mover dinero. Dijeron que era una manera de reducir impuestos. Yo firmé papeles sin leer.
Cerré los ojos. Eso sí sonaba a Ernesto: imprudente, confiado cuando le convenía y cobarde cuando llegaban las consecuencias.
—Después descubrí que habían contratado un seguro a mi nombre —continuó—. Tú aparecías como beneficiaria, pero la cuenta para recibir el pago estaba controlada por Víctor.
—La firma no es mía.
—Lo sé.
—¿Y el retiro de ochenta mil pesos?
—Un adelanto para Amalia. Lo pusieron en tu bolsa para culparte si algo salía mal.
Apreté el teléfono.
—¿Quién está en el ataúd?
Ernesto tardó tanto en contestar que escuché el anuncio de un autobús rumbo a Valladolid.
—Un trabajador que murió en una obra. No tenía familia conocida. César arregló los documentos.
Tuve que sentarme en el piso.
—Están velando a un desconocido con tu nombre.
—Yo quería detenerlo, pero César me amenazó. Dijo que si aparecía, acusaría a Víctor de fraude y a mí de formar parte de todo. Luego mencionó a Mariana y a la niña.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo.
—Treinta años, Ernesto. Te aguanté treinta años. Merecía que confiaras en mí, no que me dejaras convertida en sospechosa frente a mis hijos.
Su respiración se quebró.
—Me dio vergüenza.
—La vergüenza no te resucita frente a tu familia.
Abrí el sobre. Había una llave, una fotografía de una casa abandonada y una hoja con una dirección en las afueras de Kanasín.
—¿Qué es esto?
—Ahí guardan los documentos originales. Pólizas, transferencias, copias de identificaciones. Todo lo que necesitas para demostrar que eres inocente.
—¿Y Sofía?
—La tiene César. Quiere esa llave.
—Entonces se la daré.
—No. Si obtiene los documentos, ya no tendrá motivo para dejarlas vivir tranquilas. Escúchame: ve a la casa, saca una carpeta azul y entrégala a la policía. No confíes en nadie que llegue antes que tú.
—Voy a buscar a mi nieta.
—Bety…
—Tú ya elegiste esconderte. Yo no.
Colgué.
Pedí otro taxi y le di la dirección al chofer. Durante el camino abrí la mochila de Sofía una vez más. Dentro del cuaderno encontré un dibujo hecho con crayón morado: una casa, tres personas tomadas de la mano y un hombre apartado bajo una nube negra.
Abajo, con su letra infantil, decía: “Abuela, el señor del sombrero conoce al abuelo”.
Recordé algo.
Durante el velorio había un hombre alto junto a la puerta. No se acercó al ataúd ni dio el pésame. Usaba sombrero de palma y miraba constantemente a Amalia.
Marqué a Mariana.
—Mamá, la policía ya llegó —contestó entre sollozos—. Amalia dice que tú te llevaste a Sofía.
—No le creas. Escúchame con cuidado. ¿Sigue ahí el hombre del sombrero?
—¿Cuál hombre?
—Estaba cerca de la entrada.
Mariana guardó silencio.
—Ya sé quién dices. Se fue cuando tú saliste.
—Enséñale a la policía las cámaras de la funeraria. Y no te separes de ellos.
—Mamá, encontraron algo.
—¿Qué?
—Víctor tenía en su bolsillo una liga del cabello de Sofía.
El dolor me hizo encorvarme.
—¿Qué dijo?
—Que no sabe cómo llegó ahí. Mi tía Amalia está gritando que lo arrestaron por tu culpa.
No podía creer que el niño al que cargué con fiebre, al que le preparé tortas para la secundaria, pudiera haber ayudado a desaparecer a su sobrina. Pero también recordé la forma en que evitó mirarme durante el velorio.
—Mariana, necesito que seas fuerte. Dile a la policía que vaya a la dirección que te voy a mandar. Yo estoy en camino.
—No vayas sola.
—Cuida a tu hermano, aunque estés enojada. Puede ser culpable, pero también puede estar asustado.
Le envié la ubicación y apagué el teléfono.
La casa estaba al final de una calle sin pavimentar, rodeada de terrenos llenos de maleza. El taxista se negó a esperar. Cuando sus luces desaparecieron, comprendí que quizá había cometido la peor imprudencia de mi vida.
La puerta cedió con la llave del sobre.
Adentro olía a humedad y cemento. Encendí la linterna del celular. Había costales vacíos, herramientas oxidadas y un escritorio cubierto de polvo.
En el cajón encontré la carpeta azul.
Contenía copias del seguro, estados de cuenta y fotografías de Ernesto firmando papeles junto a César. También había una lista de nombres. Algunos tenían una cruz roja. Otros llevaban cantidades escritas al lado.
El último nombre era el mío.
“Beatriz Cárdenas: responsable pública.”
Comprendí el plan.
No solo querían cobrar el seguro. Necesitaban que alguien cargara con toda la culpa cuando investigaran el cadáver y las cuentas. Yo era la viuda ambiciosa, la mujer que presionaba a su marido, la beneficiaria que había falsificado documentos.
Escuché un ruido en la habitación contigua.
—¿Sofía?
Nadie respondió.
Avancé lentamente. Detrás de una cortina encontré una silla pequeña y una caja de jugo todavía fría. En el suelo estaba el otro zapato de la muñeca.
Habían tenido a mi nieta ahí.
Entonces se encendió una lámpara.
El hombre del sombrero estaba junto a la puerta, bloqueando la salida.
—Entrégueme la carpeta, doña Beatriz.
—¿Usted es César?
Se quitó el sombrero. Tenía una cicatriz sobre la ceja.
—Su esposo habla demasiado.
—¿Dónde está mi nieta?
—Segura, mientras usted coopere.
Le mostré la carpeta, pero la mantuve contra mi pecho.
—Quiero verla.
César sacó su teléfono e hizo una videollamada. Durante unos segundos apareció Sofía sentada dentro de un automóvil. Tenía los ojos hinchados, pero no parecía lastimada.
—¡Abuela!
—Mi amor, voy por ti.
Alguien le quitó el teléfono.
Por un instante vi la mano de la persona que estaba con ella. Llevaba un anillo grueso con una piedra verde.
Conocía ese anillo.
Se lo regalé a Víctor cuando cumplió treinta años.
—Mi hijo está con ella —murmuré.
César sonrió.
—Su hijo ha estado con nosotros desde el principio.
Me dolió más que la muerte de Ernesto.
—Víctor no lastimaría a esa niña.
—La gente endeudada hace cosas que jamás imaginó. Entrégueme los papeles.
Escuchamos sirenas a lo lejos.
César perdió la sonrisa.
—¿Llamó a la policía?
—Mandé la ubicación antes de entrar.
Fue mentira, pero no tenía por qué saberlo.
Él avanzó hacia mí. Yo retrocedí hasta chocar con el escritorio.
De pronto, una tabla cayó en el patio. César volteó. Aproveché para empujar el escritorio contra sus piernas y corrí hacia la salida.
No llegué lejos.
Alguien entró por la puerta y me sujetó.
Era Ernesto.
Estaba más delgado, con barba y una camisa sucia, pero era él. Vivo. De carne y hueso.
—¡Suéltame! —le grité.
—Vine a ayudarte.
César se levantó furioso.
—Eres un idiota, Pech. Debiste seguir escondido.
Ernesto se puso frente a mí.
—Déjala salir.
—Ella tiene la carpeta.
—Yo te consigo el dinero.
César levantó su teléfono.
—Ya no se trata del dinero. La policía tiene a Amalia y a Víctor. Necesito borrar cualquier cosa que nos conecte.
En ese momento comprendí que César no sabía que Sofía estaba con Víctor. La persona del automóvil podía usar su anillo, pero eso no significaba que fuera él.
Miré a Ernesto.
—¿Quién tiene a Sofía?
Él bajó los ojos.
—Bety, perdóname.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, se escuchó un disparo afuera. No vi quién lo hizo. La lámpara se apagó y la casa quedó en tinieblas.
Corrí hacia la puerta con la carpeta apretada contra el cuerpo. Afuera había dos vehículos. Uno era una camioneta negra. El otro, un auto gris con el motor encendido.
En el asiento trasero del auto vi la silueta de una niña.
—¡Sofía!
Corrí, pero el automóvil arrancó levantando una nube de polvo.
Al volante no iba Víctor.
Era Mariana.
Mi hija me miró por el espejo retrovisor mientras se alejaba con Sofía. En su mano brillaba el anillo verde de su hermano.
Mi teléfono empezó a sonar.
Era un mensaje de Mariana.
“No le entregues la carpeta a nadie, mamá. Ni siquiera a la policía. Papá no fingió su muerte para cobrar un seguro. Lo hizo porque descubrió quién era yo realmente.”
Debajo apareció una fotografía tomada hacía treinta y dos años.
En ella estaba Ernesto, muy joven, cargando a una bebé que no era Mariana. A su lado aparecía Amalia y, detrás de ellos, el hombre al que acababa de conocer como César.
En el reverso alguien había escrito:
“Beatriz nunca debe saber que su hija murió al nacer.”
Levanté la vista.
Ernesto estaba parado en la puerta de la casa, observándome con el rostro destruido.
Las sirenas se escuchaban cada vez más cerca.
—Dime que esa foto es mentira —le pedí.
Él abrió la boca, pero antes de responder, la carpeta azul cayó de mis manos y se abrió sobre la tierra.
Entre los documentos había una segunda póliza de vida.
La asegurada era yo.
El beneficiario era Ernesto.
Y la fecha programada para reportar mi muerte era el día siguiente.

