..porque ella no sabe que Roberto la está protegiendo desde hace años. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Abrí la puerta apenas unos centímetros.

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—…porque ella no sabe que Roberto la está protegiendo desde hace años.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Abrí la puerta apenas unos centímetros.

Frente a mí estaba una mujer elegante, de unos cuarenta y tantos años. La había visto solamente en fotografías: Mariana, la esposa de Roberto.

Pero no estaba sola.

Detrás de ella había un hombre que reconocí inmediatamente.

El mismo que había besado a Sofía en la cafetería.

Retrocedí.

—¿Qué hacen ustedes aquí?

Mariana entró sin pedir permiso.

—No tenemos mucho tiempo.

El hombre cerró la puerta y miró hacia el pasillo.

—¿Roberto sabe que vinieron? —pregunté.

Mariana negó con la cabeza.

—Roberto sabe que eventualmente descubrirías la verdad. Lo que no sabe es que nosotras ya tenemos las pruebas.

—¿Nosotras?

Entonces comprendí.

—Sofía.

Mariana asintió.

—Tu hermana no está trabajando para Roberto, Elena. Está intentando detenerlo.

Sentí que las manos me empezaban a temblar.

—Entonces explícame los mensajes.

El hombre del traje colocó sobre la mesa una carpeta negra.

—Roberto y yo fuimos socios hace ocho años —dijo—. Hasta que descubrí lo que estaba haciendo con el dinero de la empresa.

Mariana lo interrumpió.

—Y cuando intentó denunciarlo, Roberto amenazó con destruir a su familia.

Abrí la carpeta.

Había contratos, transferencias bancarias y fotografías.

En varias aparecía Roberto junto a personas que no conocía.

Pero había algo que me llamó especialmente la atención.

Una fecha.

17 de noviembre, Guadalajara.

La misma noche mencionada en la nota.

—¿Qué ocurrió esa noche?

Mariana respiró profundamente.

—Sofía estuvo allí.

—¿Por qué?

—Porque fue la única persona que logró sacar con vida a alguien de aquella casa.

Sentí un escalofrío.

—¿A quién?

Nadie respondió.

Entonces escuchamos tres golpes en la puerta.

Todos nos quedamos inmóviles.

Tres golpes más.

Mariana palideció.

—No puede ser…

El hombre del traje apagó las luces.

—¿Quién es? —susurré.

Mariana se acercó a mí.

—Elena, escucha con atención. Si es quien creo que es, no abras.

Pero la voz del otro lado me heló la sangre.

—Elena, soy yo.

Era Sofía.

Abrí la puerta.

Mi hermana entró corriendo, cerró con llave y se apoyó contra ella, respirando con dificultad.

Tenía una herida en la frente.

—Nos encontraron.

—¿Quiénes?

Sofía miró a Mariana.

Después al hombre del traje.

Finalmente clavó los ojos en mí.

—Los hombres que estuvieron en Guadalajara.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Y qué tiene que ver Roberto?

Sofía bajó la mirada.

—Todo.

Sacó un pequeño dispositivo de su bolso.

—Pero antes de que me preguntes por qué te mentí durante ocho meses, necesitas escuchar esto.

Presionó un botón.

La voz de Roberto llenó la habitación.

—Si Elena descubre quién era realmente la mujer de Guadalajara, todo se acaba.

Luego apareció otra voz.

La de mi madre.

—Entonces tendremos que asegurarnos de que nunca lo descubra.

Me quedé paralizada.

Mi hermana comenzó a llorar.

—Elena… la mujer de Guadalajara eras tú.

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