La pantalla seguía iluminada en mi mano. “…se llevaban a nuestra hija.” Sentí que el aire desaparecía.

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La pantalla seguía iluminada en mi mano.

“…se llevaban a nuestra hija.”

Sentí que el aire desaparecía.

No sabía qué me dolía más: que Beto hubiera sido capaz de venderme o descubrir que alguien estaba usando a nuestra hija para obligarlo.

Pero había algo que no encajaba.

Algo demasiado grande.

Porque si realmente querían a mi hija, ¿por qué enviarme a mí?

Miré hacia la camioneta.

El Gavilán estaba hablando con dos hombres que acababan de bajar de una pickup negra. Uno de ellos llevaba una chamarra oscura a pesar del calor.

El otro sostenía un teléfono.

Y entonces lo vi.

Una fotografía.

La tenía en la pantalla.

Mi fotografía.

La misma que Beto había pegado durante años en la sala, aquella donde aparecía abrazada a mis dos hijos frente al pastel del cumpleaños número quince de nuestra hija.

El desconocido levantó la mirada.

Nuestros ojos se encontraron.

Me quedé paralizada.

Él señaló hacia donde yo estaba escondida.

—¡Ahí!

Corrí.

No pensé.

No miré atrás.

Solo corrí.

Las ramas me golpeaban la cara y mis sandalias se hundían en la tierra húmeda. Escuché gritos detrás de mí.

—¡Agárrenla!

—¡No la dejen llegar al camino!

Me quité las sandalias y seguí descalza.

Cada piedra me cortaba la planta de los pies.

Pero seguí.

Hasta que una mano me sujetó del cabello.

Caí de rodillas.

—¡Suélteme!

El hombre de la chamarra me agarró del brazo.

—¿Dónde está?

—¿Dónde está qué?

Me sacudió.

—¡El sobre!

Entonces comprendí.

No querían solo entregarme.

Querían el dinero.

Pero ¿por qué?

—¡Ya no lo tengo! —grité.

El hombre me miró con una expresión que jamás olvidaré.

No parecía sorprendido.

Parecía preocupado.

Como si aquello fuera mucho peor de lo que esperaba.

—Entonces Beto te mintió.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué sabe usted de mi esposo?

No respondió.

Miró al Gavilán.

El Gavilán se acercó lentamente.

—Dile.

—No.

—Dile de una vez.

El hombre respiró hondo.

Luego sacó su teléfono y me mostró otra fotografía.

Esta vez sentí que el corazón se me detenía.

Era mi hija.

Estaba sentada en nuestra cocina.

La fotografía había sido tomada desde afuera de la ventana.

Reconocí incluso la taza azul que tenía delante.

Pero la fecha me hizo temblar.

Tres horas antes.

—Eso es imposible —susurré.

—No —contestó el hombre—. Lo imposible es que todavía creas que tu esposo está en Monterrey.

Me quedé mirándolo.

—¿Dónde está Beto?

El Gavilán sonrió.

—Eso es precisamente lo que tienes que descubrir.

Entonces mi celular volvió a vibrar.

Otro mensaje.

Esta vez no era de Beto.

Era de un número desconocido.

Lo abrí.

Solo decía:

“Si quieres volver a ver a tu hija, regresa a casa antes del amanecer.”

Debajo había una segunda línea.

“Y no le digas a nadie que descubriste quién pagó realmente por ti.”

Sentí que se me helaba la sangre.

Porque debajo del mensaje había una fotografía.

Una fotografía del sobre de dinero que yo había visto aquella tarde sobre nuestra vieja mesa de pino.

Y sobre el sobre había algo que no había notado antes.

Un nombre escrito a mano.

No era el de Beto.

Era el mío.

ELENA MARTÍNEZ.

Pero había algo más.

Una segunda palabra escrita debajo.

Una palabra que me hizo comprender que aquello había comenzado mucho antes de aquella noche.

“Deuda.”

Miré al Gavilán.

—¿Qué significa esto?

Por primera vez, el hombre dejó de sonreír.

—Significa que tu esposo no te vendió, Elena.

Hizo una pausa.

—Te estaba devolviendo.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Devolviendo a quién?

El Gavilán miró hacia la carretera.

A lo lejos apareció otro vehículo.

Negro.

Sin placas delanteras.

Y cuando las luces iluminaron mi rostro, escuché una voz salir de la camioneta:

—A tu verdadero padre.

Me quedé inmóvil.

Porque mi padre llevaba muerto veintidós años.

Y aun así, alguien acababa de pronunciar su nombre desde aquella oscuridad.

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